—Madre —suplicó Sofía desesperadamente—. Por favor no me hagas hacer esto.
Pero Florence se quedó de rodillas, agarrando las manos de Sofía fuertemente.
—Sofía, por el amor de Dios, ¡soy tu madre! Sé lo que es mejor para ti, lo veas ahora o no. Un día, me agradecerás por esto.
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas, nublando el mundo a su alrededor.
La felicidad que había anhelado finalmente estaba al alcance, tan cerca que casi podía tocarla, pero el destino se la arrebató como una broma cru