Dentro del cuarto cerrado, Florence caminaba ansiosamente, su mente corriendo más rápido en estos últimos treinta minutos de lo que había corrido en los últimos tres años.
El pánico le roía el pecho mientras buscaba frenéticamente una salida, para ella y su precioso hijo.
De repente, la cerradura hizo clic, y la puerta se abrió.
Florence se volteó bruscamente cuando Ricardo, el abogado de la familia, entró.
—¡Ricardo! ¡Gracias a Dios! —Florence corrió hacia él—. Tienes que entender, yo no planeé