El helicóptero descendió sobre la plataforma de aterrizaje, sus aspas cortando viciosamente el aire nocturno, agitando las sombras como un torbellino de perdición.
Mientras el cuerpo sin vida de Enrique fue cargado de la nave y puesto ante Conrad Duarte, Conrad sintió como si un rayo hubiera hendido su alma por la mitad.
Su cara se drenó instantáneamente de color, volviéndose tan blanca como un sudario mortuorio.
—¿Quién hizo esto? —la voz de Conrad estalló en un rugido angustiado, resonando por