Álex permaneció inmóvil en el callejón mal iluminado, con los brazos tensos a los costados, paralizado ante la atrevida invitación de Jasmine. Ella estaba muy cerca, con los ojos cerrados y los labios preparados, como si fuera a dar el beso más molesto del mundo.
—¿Estás bromeando conmigo? —le espetó, con el corazón martilleando—. ¿Qué te pasa en la boca? ¿Necesitas que te la revise o algo así?
Jasmine abrió un ojo y sonrió con malicia.
—Te estoy dejando que me beses, genio —murmuró—. No me diga