Enrique se mantuvo erguido aunque las rodillas le temblaban bajo la mirada de Álex. El orgullo no le permitía retroceder. Después de todo, si se rendía ahora, jamás se lo perdonaría.
—¿Matarme? ¿En serio, hermano? ¿Qué te crees, un sicario profesional o qué? —escupió Enrique jadeando—. Te voy a decir una cosa: si me tocas así nomás, tu cuerpo va a quedar como confeti.
Álex arqueó una ceja y le dio un golpe en la nuca con tal fuerza que Enrique se tambaló sintiendo como si un camión le atravesara