La voz de Enrique Duarte atravesó la habitación como el chasquido de un látigo.
—Raymond, no te apresures. Si quieres que mi padre te apoye, hay dos condiciones: primero, que me consigas esa píldora milagrosa sin falta; segundo, que me demuestres que eres leal de verdad. ¿Está claro?
Raymond asintió tragándose su molestia.
—Entiendo, Sr. Duarte.
Necesitaba el apoyo de la familia Duarte de Chicago, uno de los cinco poderes dominantes que operaban bajo la bandera de los Sr.es de Chicago, para cons