El subinspector suspiró con el cansancio de quien ya no tiene fuerzas para nada más, y alzó su pistola.
Víbora gritó desesperado, la voz quebrada por el terror.
—¡No, no, no! ¡Cometí un error, pero no puedes simplemente matarme! ¡Hay un procedimiento, un juicio! ¡Quiero mi abogado! ¡Todavía hay ley en este país, ¿verdad?!
Álex volteó apenas, con una frialdad que helaba la sangre.
—Tranquilo, Víbora. No estarás solo. Tu jefe Raymond es el siguiente en la fila.
Se cerró la puerta tras ellos. Un di