—¿Quién diablos se cree este imbécil, enfrentándose al Sr. Víbora?
Un murmullo recorrió la multitud.
—El tipo es un suicida…
—Pero, ¡qué coraje! Nadie se mete con la Víbora y vive.
— o habría tirado la botella y salido corriendo, no entrar como si nada.
Sofía miró a Álex, atónita. No esperaba verlo allí, y mucho menos lanzándole botellas al jefe más temido del hampa de Vancouver.
—¿Q-qué estás haciendo? —susurró, entre el asombro y el terror.
La Víbora avanzó, irradiando amenaza en estado puro.