La respiración agitada de Víbora llenó el silencio mientras sus ojos permanecían fijos en Álex, mezclando odio y respeto en su mirada.
—Está bien, chamaco —murmuró al fin, tragándose su orgullo—. Dejémoslo así. Me dejas ir y yo dejo que todos salgan vivos de aquí.
El tipo de blanco lo miró boquiabierto. —Pe-pero, hermano...
Víbora se volvió hacia él bruscamente. —¡Cierra la boca! No necesito consejos ahorita.
Álex lo observó un momento más y luego aflojó lentamente su agarre.
El vidrio filoso se