Kelvin permanecía allí con una sonrisa petulante grabada en su rostro grasiento, emanando arrogancia.
— Ahora arrodíllate — le ordenó, su voz empapada de venenoso deleite.
— Suplícame perdón. Si tus reverencias me satisfacen, quizá te deje arrastrarte fuera de aquí cuando acabe contigo. — Bajo la sombra de Caracortada, Kelvin no sentía ningún miedo.
El estómago de Josefina se revolvió.
No esperaba que Kelvin fuera tan agresivo, y la repugnante seguridad en sus ojos le erizó la espalda.
Uno de s