—No se preocupen —murmuró Jarvis, su voz tan firme como un arma cargada—. No voy a arrancarles las uñas solo por diversión.
Hablaba con tanta naturalidad que envió un escalofrío a través de la multitud. Con solo mirarlo, sabían que era perfectamente capaz de cumplir su palabra.
Todos retrocedieron, el miedo royendo sus entrañas. Este hombre tenía el tipo de presencia que hacía que la gente obedeciera sin cuestionar.
—Muy bien —continuó Jarvis, cruzando los brazos sobre su pecho—. Vayamos directo