Enfocándose en Sofía, Hank dio un paso arrogante hacia adelante, con el alcohol prácticamente emanando de su aliento, sus dedos alcanzaron su barbilla.
¡Crack! La palma de Sofía lo golpeó con una fuerza que resonó por toda la habitación como un disparo de rifle.
Una marca carmesí ardía en su mejilla, por lo que su bravuconería desapareció más rápido que una planta rodadora en una tormenta. —Tú... ¿te atreviste a abofetearme? —jadeó Hank, tocando su mejilla palpitante.
La voz de Sofía salió fría