45. MI RECOMPENSA
DAMON
—¿Solo una esclava? Puedo pagarte cien monedas de oro y con eso podrías comprarte un harén… Claro, si ganas la última ronda.
Las risitas de los lamebotas del Alfa, hicieron eco alrededor del suntuoso salón.
—Por ahora, solo quiero diversión —le respondí con seguridad.
—Bien, tú escoges. ¡Traigan los tributos!
Se giró para gritar y, por una entrada lateral, comenzaron a desfilar las esclavas, cabeza abajo, manos sujetas al frente.
Las colocaron una al lado de la otra como mercancía.