“Evelina, se la fai del male…” (Si le haces daño…) gruñó Lucian, pero la línea se cortó.
El pitido, lo único que respondía a sus amenazas, lo hizo detenerse.
Los ojos de Aria y Domenico permanecieron fijos en él, esperando que dijera algo.
Pero entonces Lucian se quedó allí parado mientras bajaba el teléfono de su oreja. Su pecho subía y bajaba como si su ira finalmente hubiera desbordado el caldero.
“¿Qué dijo?”, Domenico se acercó al escritorio.
Con una fuerza brutal, Lucian lanzó el teléfono