CAPÍTULO 271— Lo que Prometimos en Silencio
El hotel conservaba ese aire de refugio suspendido en el tiempo. Todo era casi idéntico a aquella vez, como si las paredes hubieran guardado el eco de sus pasos anteriores. Las mismas luces cálidas bañaban el pasillo con un tono ámbar, el mismo perfume discreto —una mezcla de flores frescas y limpieza— flotaba en el aire, y persistía esa vibración íntima, casi invisible: la sensación de que algo definitivo estaba por suceder.
Mía había llegado tempra