La habitación olía a flores frescas, a maquillaje, a tela nueva… y también olía a recuerdos, a promesas incumplidas, a pasos que por fin se habían detenido en el lugar correcto, y a algo más.
Ese algo que no tenía nombre.
Ese aire eléctrico, invisible, que se mete bajo la piel cuando dos personas ya no están huyendo, cuando ya no se esconden ni de sí mismos ni de todo lo que sienten.
Milagros cerró la puerta de la habitación del hotel detrás de ellos con manos torpes, todavía embriagada po