Aquella tarde, la oficina comenzaba a quedarse vacía. La jornada laboral estaba por terminar y la mayoría de los empleados ya se apresuraba a marcharse. Lilian seguía sentada en su escritorio, ordenando unos documentos y acomodando el cuaderno de bocetos que había utilizado.
Acababa de cerrar el portátil cuando alguien llamó a la puerta de su despacho.
—Con permiso, señora Lilian… —la voz de un conserje sonó respetuosa.
Lilian levantó la mirada.
—¿Sí? ¿Qué