La oscuridad no llegó de golpe.
Para Margaret fue más bien como hundirse lentamente en agua espesa, tibia, que le nublaba los sentidos mientras las voces a su alrededor se desvanecían. El olor del químico seguía adherido a su nariz, y en medio de esa neblina que la envolvía, su mente comenzó a defenderse de la única forma que conocía: huyendo hacia atrás.
Primero fueron fragmentos sin orden, el sonido de una campana.
El roce de hojas de cuaderno al cerrarse. Risas infantiles que parecían venir