Habían caminado un par de cuadras sin decir una sola palabra. Margaret avanzaba con paso firme, casi mecánico, sosteniendo el bolso con fuerza, mientras el ruido de la ciudad se deslizaba a su alrededor sin tocarla. Lucien iba a su lado, conteniendo algo que crecía con cada segundo de silencio. Aquella quietud no era calma; era una provocación. Y él ya no estaba dispuesto a soportarla.
De pronto se detuvo.
—Ya basta, Margaret —dijo con voz dura.
Ella no se giró.
—No —continuó él, adelantándose