El peso de quedarse
El timbre sonó una vez.
Elara se recompuso como siempre lo hacía — en silencio, con eficiencia, como escondiendo algo afilado fuera de la vista — y abrió la puerta.
Victor estaba en el umbral con su padre a su lado. El señor Alaric parecía más pequeño de lo que recordaba, como suele pasar cuando la enfermedad reduce a las personas, pero sus ojos eran los mismos: cálidos, atentos, con esa ternura particular que siempre había reservado para ella.
“Padre.” Se hizo a un lado y a