[ZAED]
La mañana llega sin suavidad alguna. El cielo de Milán está encapotado, gris, como si la ciudad entera presintiera lo que está a punto de suceder. Alya prepara un té en silencio; yo reviso unos bocetos para el estudio, intentando engañarme, intentando creer que podemos quedarnos en este espacio donde nada existe más que nosotros, pero no dura. Nada dura demasiado cuando se trata de nuestras familias.
A las ocho y doce de la mañana exactas, mi teléfono vibra. Una vez, luego otra. Después,