Mis palabras le entraron a Gael como un cuchillo al orgullo.
Se le encendió la cara; la vergüenza y la rabia le borraron el último resto de juicio.
—¡Sofía, mentirosa! —bramó—. Estás loca y te vas a casa conmigo para que se te quite.
Me cargó a la cintura, brusco, y giró hacia la puerta.
—¡Atrevido!
—¡Bájela ahora mismo!
Los Guerreros Gamma y los ancianos saltaron de sus asientos. Una docena de hombres lobo lo cercó en segundos.
—¡Quítense! —escupió Gael, con esa posesividad enferma en la mirada