AMELIA
Víctor cruzó la puerta como si nunca se hubiera ido, arrastrando la maleta detrás de él, la corbata floja y una sonrisa amplia, cansada.
Dijo que por fin, dejó la maleta a un lado y abrió los brazos, llamándome hermosa.
Caminé hacia él casi por inercia. Su colonia era la misma, madera de sándalo y algo caro. Sus brazos se sentían familiares, seguros de una forma antigua, pero ya no me envolvían igual.
No como antes.
Dijo que me había extrañado muchísimo, murmurándolo contra mi cabello.
F