AMELIALlegué al orgasmo cuando Victor lo hizo, más por costumbre que por otra cosa.Un gemido pequeño y educado, del tipo que había perfeccionado durante los últimos tres años de matrimonio. Mis dedos se curvaron contra su espalda, las uñas apenas marcándose a través de la camisa de pijama de seda que insistía en usar para dormir. Él se estremeció, gimió mi nombre como si acabara de cerrar un trato de mil millones de dólares y se apartó de mí con un suspiro satisfecho.—Dios, Amelia, eres perfecta —murmuró contra mi cabello, ya medio dormido.Miré al techo en la oscuridad, con los muslos aún apretados, el vacío entre ellos sordo y familiar. Perfecta. Claro. Si perfecta significaba fingir cada uno de mis orgasmos durante los últimos dieciocho meses, entonces sí, era la esposa del año.La respiración de Victor se volvió regular en cuestión de minutos. Esperé otros cinco y luego salí de la cama, caminé descalza hasta el baño y abrí la ducha con agua fría. El impacto del agua me hizo tir
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