Mundo ficciónIniciar sesión«Tres dueños. Un pacto inquebrantable».
Rose parpadeó, sintiendo que el tiempo se doblaba a su alrededor. No supo en qué momento las paredes de su habitación gris desaparecieron, ni cuántas horas habían transcurrido desde que Luca la sostuvo en el Ala Sur. Ahora se encontraba en el altar privado de los maestros, un santuario oculto donde el aire vibraba con el poder bruto de tres presencias oscuras. Esto no era un castigo ordinario; era una iniciación privada.
Matteo y Luca ya habían probado su carne, pero esta noche el diseño del Pacto Milenario requería que el tercero reclamara su parte.
Leonardo se colocó justo detrás de ella, envolviéndola con su imponente frialdad cual aristócrata. Sus dedos largos y perfectos comenzaron a delinear y estimular el pecho expuesto de Rose, mientras su voz se deslizaba como seda y veneno en su oído.
—Mírate, mi pequeña e insignificante devota... —susurró él, provocando que ella se estremeciera. —llegaste aquí creyéndote tan pura, clamando a los cielos cuando en realidad…tus plegarias nunca subieron…Se quedaron estacadas aquí, y mírate ahora, gimiendo en nuestro altar como la pecadora que siempre fuiste. Naciste para arrodillarte ante mí, Rose. Tu mente ya sabe que me perteneces, ¿no es así? —Leonardo Sonríe.
Las palabras cargadas de una humillación exquisita hicieron que el cuerpo sensible y estimulado de Rose reaccionara al instante, humedeciéndose sin control.
Al mismo tiempo, Matteo se encargaba de torturar su zona más sensible. Con movimientos rudos, largos y completamente placenteros, la estimulaba hasta llevarla al borde del abismo, para luego detenerse abruptamente.
—Suplícame, Devota. —Sonreía Matteo. —¡Pídeme que te destruya! —rugió él, su voz cargada de una ira sádica que hizo temblar el lugar. Al verla jadear por la frustración del orgasmo fallido, soltó una carcajada ronca. —Obedecerás mis órdenes y con eso mis tiempos…Eres mía para romperte cuando yo quiera. —Rose no deja de mirar a Matteo, imponente, con un aura tan dominante que la hace estremecer.
A sus pies, Luca adoraba cada centímetro de su piel. Sus mejillas estaban encendidas en un sonrojo febril bajo la luz de las velas derretidas, pero sus dedos se clavaban con fuerza obsesiva en sus muslos.
—No mires a Matteo, mi musa... mírame a mí. —le suplicó Luca en un susurro ardiente y posesivo, lamiendo la cara interna de sus rodillas. —Yo te cuidaré mejor que ellos... te devoraré tan lento que suplicarás morir en mis brazos. Rose... no te dejaré ir jamás. —Murmura él, sintiendo como su miembro pega con sus pantalones, siéndolo terriblemente incómodo.
La mente de Rose quedó en blanco, flotando en un limbo de pura estimulación. Sabía que la estaban preparando para ser tomada por los tres.
Leonardo tomó un cáliz con vino demoníaco, bebió un sorbo y, atrapando los labios de Rose en un beso demandante, la hizo a tragar el líquido. El sabor potente la hizo perder el rastro de la realidad. Fuera de sí, Rose comenzó a llorar y a suplicar abiertamente por ser tomada.
Todo aquello que no se atrevía a decir en voz alta, sale de sus labios casi de inmediato. Ignorando la vergüenza, y la timidez que ha sentido desde que entro por las puertas del templo.
—Por favor... Maestro Leonardo... se lo ruego, tómeme ya... —balbuceó, completamente entregada.
—Qué delicia es ver el orgullo de una humana arrastrarse por un poco de placer. —Se mofó Leonardo con una sonrisa de absoluta superioridad. Pero, admite que verla en ese estado, siendo capaz de decir lo que quiere y siente, era aún más delicioso.
Sin esperar más, Leonardo desabrocho sus pantalones liberando su miembro palpitante y lo sostiene en su mano, se observa a sí mismo, el estado en el que se encuentra, liquido gotea de la punta, se ha estado conteniendo desde hace mucho tiempo y ahora es momento de completar el pacto que ha hecho con sus hermanos.
—La hare mía primero. —Gruñe Leonardo hacia Matteo y Luca. No les estaba pidiendo permiso, les estaba avisando y advirtiendo que, él se adentraría en Rose antes que nadie.
Tanto Matteo como Luca hacen un asentimiento con la cabeza, no se atrevían a contradecir a Leonardo, no por nada era el mayor de los tres y el designado príncipe infernal, por la misma razón era mejor no hacerlo enojar.
Saben que, hasta el momento, Leonardo no había estado con Rose, y por eso no ponen objeción alguna. Tampoco le impiden ser el primero, por lo que, se quedan mirando en silencio, conteniéndose tanto como puedan.
Era su momento.
Una vez que Leonardo empieza a hundirse en ella, reclamando su sumisión absoluta con estocadas firmes que arrancaron los primeros gritos de la joven. Sus ojos grises brillaron, encantados, sintiéndose poderoso.
La toma del cuello demostrando su control absoluto sobre ella. Rose gime y se retuerce de placer, su vientre se siente caliente y mucho más sensible que antes. Leonardo en cuestión de nada empieza a moverse dentro de ella, sin esperar a que Rose se acostumbre a su miembro, no es igual de grande que Matteo, pero es lo suficientemente grueso para hacerla jadear cada que entra y sale de ella.
Leonardo entra desde lo más profundo de su interior hasta salir por completo y entonces, darle estocadas repetidas. Él toma sus piernas, deseando ir mas allá, y la presión que ejerce se queda marcada en la piel de Rose.
—Maestro…Leonardo, no pares, por favor, no te detengas. —Las piernas de Rose tiemblan al momento que su interior es envestido una y otra vez. Su mirada se encuentra con la de Leonardo y casi en ese instante, es abrazada por el orgasmo inminente.
Una vez que Leonardo sació su soberanía, dio un paso atrás, dejando el altar libre para sus hermanos.
Luca se posicionó adelante y Matteo la tomó desde atrás. Dos ritmos completamente distintos colisionaron dentro de ella.
—¡Muérdete los labios, devota! ¡Siente cómo te reclamamos! —rugió Matteo desde atrás, embistiéndola con una violencia salvaje que despertaba el masoquismo de Rose.
—Eres tan estrecha... te amoldas tan bien a mí... eres mía, jodidamente mía —gemía Luca adelante, devorando sus labios en besos húmedos mientras se hundía con una desesperación hambrienta.
Dos demonios haciéndola suya al mismo tiempo, rompiendo sus defensas morales hasta que ambos se derramaron profundamente en su interior, mezclando sus semillas en el vientre de la humana.
Antes de apartarse, Matteo sujetó firmemente a Rose contra el altar. Con la punta de sus garras canalizando una energía ardiente, comenzó a trazar una marca en la base de su espalda. Rose soltó un grito desgarrador mientras las líneas oscuras de un tatuaje tribal con rosas entrelazadas y un corazón espinado se fijaban en su piel.
—Con esto, ningún otro maldito demonio se atreverá a mirarte —gruñó Matteo, limpiándose el sudor de la frente con una sonrisa feroz—. Eres propiedad exclusiva de este templo.
Cuando Rose pensó que las fuerzas la abandonarían, descubrió que los demonios no se agotan. Luca apenas estaba calentando motores y Matteo sentía que la noche recién comenzaba. Ambos se turnaron durante horas sin mostrar piedad alguna. La constante fricción y el desborde de energía lujuriosa llevaron el cuerpo de Rose más allá de sus límites, provocando que tuviera un squirt que humedeció las sedas del altar justo cuando el clímax la hizo perder la noción de la realidad.
Leonardo, que observaba la escena, se acercó al verla completamente derrotada. Rose estaba exhausta, rota y sin aliento, pero en lugar de llorar o mostrar terror, una sonrisa lánguida, ardiente y completamente entregada se dibujó en sus labios. Su naturaleza lujuriosa había aceptado a sus monstruos.
Leonardo se acercó por detrás, acariciando su cuello con dedos fríos.
Luca se arrodilló frente a ella, tomando sus manos temblorosas con una ternura enferma.
Y Matteo… Matteo la mantenía en sujeción por los hombros, firme como si ella fuera una estatua tallada exclusivamente para su disfrute.
—Ahora, Rose… —dijo Leonardo, su tono goteando una victoria de pura soberanía—. Repite después de mí: “Soy vuestra”.
Rose, mirando a los tres con las pupilas dilatadas y esa sonrisa entregada, tragó saliva.
—Yo… soy vuestra.
—Cuerpo. —añadió Matteo, dando un tirón rudo a su cabello rojo hacia atrás para obligarla a mirarlo.
—Cuerpo…
—Alma. —susurró Luca, depositando un beso devoto, obsesivo y hambriento en sus manos.
—Alma…
—Y pecado. —terminó Leonardo, con su sonrisa de rey.
—Y pecado…
En ese instante, mientras las últimas velas se apagaban y el silencio de la madrugada envolvía el santuario, Rose lo entendió con perfecta claridad: no había escapatoria, y lo mejor de todo era que ya no quería escapar. Su vida anterior había muerto; ahora era el altar viviente del templo.
O quizás solo se está autoengaño y consolando con algo que jamás podría tener en realidad.







