24: Silencio.

«¿Extrañas el bullicio?».

Para la mañana siguiente, Rose despierta en su habitual habitación gris. El cuerpo le duele a horrores, y mover sus extremidades solo es una invitación a quejarse en voz alta. Aun así, haciendo acopio de todas sus fuerzas, logra sentarse en la cama.

El recuerdo de la noche anterior llega de golpe, como un tren estrellándose contra una pared de concreto. Pronto, una mezcla de vergüenza y un vértigo caliente en su vientre le recuerdan la cruda realidad: estuvo con tres hombres, o, mejor dicho, tres demonios, al mismo tiempo.

Si bien es cierto que ha tenido sueños cargados de esa misma depravación en el pasado, vivirlo en carne propia la hace temblar de una manera que jamás imaginó posible.

—¿Fue real? —Se pregunta a sí misma en un susurro, arrastrando las piernas fuera de las sábanas.

Al caminar con dificultad hacia el espejo, contiene el aliento. Su reflejo no miente. Múltiples marcas de un ligero tono morado adornan su piel. Nota varias mordidas profundas que jura pertenecen al ansioso Luca; marcas de besos posesivos en la cara interna de sus muslos, provocados por el gélido Leonardo y, finalmente, el ardor latente y constante en la base de su espalda debido al extraño tatuaje que Matteo le grabó a fuego.

Entonces se da cuenta de que sí, fue real.

Su cuerpo fue sometido a horas eternas de placer en las que perdió la conciencia en varias ocasiones. Cada vez que abría los ojos en la penumbra, los veía a ellos, relamiéndose los labios, sonriéndole con una arrogancia desmedida y mirándola con una lujuria tan voraz que jamás había visto en un ser humano.

«Estamos recuperando el aliento», le había gruñido Matteo a mitad de la noche, colocándole una correa de cuero en el cuello y tirando de ella con brusquedad para obligarla a ponerse sobre sus rodillas.

«Ahora que estás despierta, es momento de continuar donde lo dejamos». Luca, casi de inmediato, se había colocado entre sus piernas para devorar su cuerpo con una desesperación febril, mientras la voz de Leonardo caía desde las alturas como una sentencia.

«Sucumbe ante tus dueños, Rose», dedicándole la sonrisa más irritantemente sádica y seductora que jamás hubiera visto.

Pero, para su propia sorpresa, todo eso le había encantado. Había aceptado un trato con monstruos que la querían a ella, que la poseían con una devoción física tan destructiva como adictiva.

¿Debía sentirse especial? ¿O tal vez esto era algo que hacían siempre?

Toc ,toc,toc.

El golpe en su puerta la hace salir de golpe de sus pensamientos. Instintivamente, Rose se cubre el pecho con las manos, pese a que lleva puesto un ligero vestido de dormir de tirantes. Al darse cuenta de su reacción defensiva, baja los brazos, pero mantiene una postura tensa frente al espejo.

—Hermana Rose, buenos días. —la voz de una de las devotas afuera de la habitación la hace bajar la guardia.—Es momento de que bajes a desayunar, las demás te están esperando. —Bueno, tampoco es que confíe en ellas. No después de la trampa que le tendieron con Matteo.

—Bajo enseguida. —Responde Rose.

Escucha los pasos alejarse por el pasillo y finalmente suelta el aire que mantenía retenido. Suponía que debía continuar el día como si nada hubiera pasado.

Al cruzar el umbral de su habitación, Rose experimenta una sensación extraña.

El silencio.

Comparado con el bullicio, los susurros y la constante tensión que la envolvieron desde el primer día en su apartaestudio, y los cuales la seguían hasta que pisó el templo, ahora todo se siente extrañamente tranquilo. Demasiado tranquilo.

A medida que avanza el día entre labores domésticas, costura y la limpieza de los candelabros del gran salón, una inquietud sorda empieza a instalarse en su pecho.

Rose no entiende por qué le afecta tanto que la ignoren, pero siente una punzada casi física en el pecho, pero no es que pueda hacer nada para cambiar lo que siente. Sin embargo, la incomodidad no la deja en paz.

No se ha topado con Leonardo, Matteo o Luca, la ansiedad de que quizás les haya sucedido algo invade su mente. Pero ¿ellos la estaban ignorando a propósito o se encontraban enojados?, Necesita que la miren. Necesita sentir que su presencia en ese lugar tiene un propósito, que ellos la necesitan tanto como ella anhela ser necesitada.

—¿Te pasa algo, Rose? Te veo muy distraída —La voz de una de las devotas interrumpe su labor. Rose se tensa, ocultando el ardor del tatuaje bajo su túnica gris.

—No.…estoy bien —Responde, frotando con fuerza el metal de un candelabro. No tenia ánimos de conversar con nadie.

La devota, una mujer de ojos fríos que Rose sospecha que no es del todo humana, suelta una risita burlona junto a otras dos que limpian los altares cercanos. Nuevamente, el chiste que se cuentan parece ser interno, del que ella no se enterara nunca.

—¿Segura? —Comenta la otra con una falsa simpatía. —Tienes esa misma mirada perdida que todas tienen después de su primera noche en el santuario de los maestros. —Le dice como si se tratara de un tema casual. —No te sientas especial, querida…El capricho por la carne nueva siempre les dura poco. —Las otras dos devotas asienten.

Rose frunce el ceño, sintiendo que la sangre se le calienta.

—No sé de qué estás hablando. —Dice ella con indiferencia. Queriendo que la conversación acabara, deseando irse rápido a su habitación.

—Oh, vamos. Todas las que estamos aquí hemos llevado sus marcas en algún momento —interviene la primera devota, cruzándose de brazos con desdén. —Pero al final, siempre vuelven a lo mismo. Ninguna de nosotros es Seraphine. —Comenta con una sonrisa ladina.

¿Ellos tenían una preferencia por aquella mujer? ¿Por qué? Era la pregunta que no dejaba de hacerse.

Las devotas sonríen, saben que han causado el efecto deseado en Rose.

—Ella es la única que realmente importa en este templo. La única a la que el maestro Matteo no aparta con desprecio, a la que el maestro Leonardo le permite sentarse a sus pies y la que de verdad vuelve loco a joven maestro Luca. Tú al igual que todas las demás, solo fuiste... una distracción pasajera. —Inconscientemente, Rose hace de sus manos puños.

—Una novedad que pronto perdió valor. —Le dice una sin dejar de sonreír maliciosa.

—La que jamás podrá reemplazar a la líder Seraphine. —Murmura otra.

El nombre Seraphine cae como un balde de agua fría en el estómago de Rose, despertando una punzada de celos tan amarga y profunda que la deja sin aliento. Se muerde el interior de la mejilla para no responder, pero el resentimiento se instala firmemente en su pecho durante las largas horas de rezos y cánticos.

Rose entona las escrituras con la vista fija en los altares vacíos, ¿Por qué les cantan si ellos no están presentes? ¿Por qué las reuniones se efectúan cuando no están ellos para dirigirlas? Al final del día, ella se encerró en su habitación, esperando que alguno de ellos aparezca.

Pero nadie lo hace.

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