22: Revelación.

«¿Soportaras la verdad absoluta?».

—Mi musa…esta despierta finalmente. —La voz de Luca es lo primero que escucha Rose, quien no dice nada. —Sé que todo esto es…algo confuso, pero te prometo que nunca lo hice con mala intención. —Luca estira su mano hacia el rostro de Rose. —Quiero que sepas que yo…—Rose se aparta casi de inmediato. —No nunca te haría daño…

Silencio.

Rose siente que sus manos tiemblan y que las lágrimas se agolpan en sus ojos, su corazón golpea tan fuerte que su pecho le duele. Aun así, Rose se mantiene fuerte en apariencia, lentamente se levanta del altar lleno de cojines de terciopelo morado.

—Yo…necesito procesar todo esto. —Dice ella en el mismo tiempo que toma una bocanada de aire.

—Tú…tú me tienes miedo. —Luca se levanta también la expresión tranquila de antes que él tenía se borra en segundos, alertando a Rose quien da un paso hacia Luca.

—No…no te tengo miedo. —Dice ella, calmando a Luca quien, la mira fijamente a penas sin decirle nada, Rose acaricia con el dorso el rostro de Luca y este, cierra los ojos ante su tacto. —Es mucho para procesar y yo…necesito un poco de espacio. Algo de tiempo, ¿comprendes? —el hombre joven asiente con la cabeza.

—Lo entiendo. —Dice él en voz baja. —No me dejaras… ¿verdad? —Rose niega con la cabeza, mostrándole una sonrisa, sorprendentemente calmada, se siente extraña, solo que no desea alterar a Luca.

—Nunca lo haría. —Responde ella. —Debo irme…vendré más tarde…pero ahora…solo quiero estar sola. —En un atrevimiento, Rose toma a Luca del rostro y parándose de puntas le da un beso rápido.

Esto es el detonante para que él se sonroje y sonría de costa a costa. La mira con adoración, mas no con amor, ya que, como había mencionado Leonardo hace algunos años atrás, los demonios no pueden amar.

(…)

Las piernas de Rose flaqueaban tanto que tuvo que sostenerse de las paredes de piedra para no caer antes de alcanzar el umbral de su habitación. El rastro de aquel vino que Luca le había dado seguía ardiendo en su interior. Con menos intensidad que antes, pero, la sensación seguía ahí.

Demonios. Todo este tiempo, ha estado tratando con demonios. Como si no fuera poco, hizo una promesa o pacto con uno perteneciente al círculo de la lujuria. Y si había prestado atención a como se comportaban Leonardo y Matteo, cada uno representaba un pecado capital, ira y orgullo respectivamente.

A medida que Rose caminaba, los pasillos se volvían inquietantemente largos, no se había topado con nada ni nadie, ni con las devotas o adoradores. Tampoco veía rastro alguno de Leonardo o Matteo. Y el sol, se escondía lentamente.

¿Cuándo tiempo estuvo dormida?

No había forma de responder eso entonces, solo le queda ir a su habitación para pensar. ¿debería irse? ¿podía si quiera hacerlo? Si antes la incertidumbre era inquietante, no sabía que pasaría si decidía irse.

Probablemente la buscarían sin descanso hasta encontrarla.

Rose entró a su cuarto a oscuras, buscando desesperadamente la seguridad de su cama para esconderse del mundo, pero en cuanto cerró la puerta a sus espaldas, el aire de la habitación se sintió denso. Pesado. Sofocante.

El olor a azufre y cuero rudo de Matteo inundaba el espacio. Al mismo tiempo, una fragancia sofisticada, fría e imponente, delataba la presencia de Leonardo.

Rose contuvo el aliento, con el corazón congelado en el pecho.

En la penumbra, la silueta masiva de Matteo, con sus 1.95 metros de pura ira contenida, aguardaba de pie junto a la ventana, con sus cadenas doradas tintineando levemente. Sentado en la única silla de madera, con la elegancia pulcra de un rey, Leonardo sostenía una copa de vino, mirándola con esos ojos grises que todo lo juzgaban.

—Llegas tarde, devota. —pronunció Leonardo, su voz suave y manipuladora cortando el silencio como una navaja. —Y hueles a algo más que la ruda posesión de mi hermano...Parece ser que tú…sabes algo. —Rose traga saliva.

Matteo soltó un gruñido sordo, dando un paso al frente. Sus ojos marrones destellaron en un rojo peligroso al fijarse en la

—Te di una orden, Rosé. Te dije que volvieras a tus aposentos. —siseó Matteo, acercándose a ella con zancadas felinas—Pero en cambio…te atreviste a desobedecerme. ¿A quién pertenece este olor? —Rugió Matteo.

Rose dio un paso atrás, chocando contra la madera de la puerta, atrapada entre el Orgullo y la Ira. Sin embargo, antes de que pudiera inventar una mentira, la puerta se abrió suavemente detrás de ella, obligándola a avanzar.

Luca entró a la habitación.

El joven de cabello blanco mantenía la mirada baja, adoptando de inmediato esa postura tímida e inofensiva, parecía un "cachorro sometido" frente a sus hermanos mayores. Juntó sus manos inquietas, ocultando la pulsera de hilo vieja, y su voz sonó suave, casi temerosa.

—Fui yo... —murmuró Luca, fingiendo sumisión mientras sus ojos verdes brillaban con una malicia oculta. —Ayer la encontré perdida en el jardín. Solo... quería asegurarme de que la devota cumpliera con sus rezos. —Murmuro.

—Hay algo más que no nos estas diciendo, Luca. —Dijo Matteo desde su lugar, expectante, ante todo. El mundo de Rose pareció girar de pronto. Lo sabían, ellos sabían que ella lo sabía.

—No hay nada más que decir, Matteo. —Responde Luca con la mirada hacia abajo, aprieta los puños hasta el punto en el que las venas de sus manos se marcan.

Leonardo soltó una risa seca, aristocrática, poniéndose en pie y fingiendo no sospechar que su hermano menor, ha revelado algo importante a cierta humana que ha llegado apenas hace unos días a su templo.

—Vaya, el cachorro al fin intenta morder. —comentó Leonardo con superioridad, caminando hacia Rose.—Pero olvidas las reglas de este templo, Luca. Hicimos un pacto que, nos obliga a compartir. Ninguno se queda con la pieza entera. —El mencionado hace un suave asentimiento con la cabeza.

Claro que existía un pacto. De lo contrario, cada uno hubiese hecho hasta lo imposible para quedarse con ella.

Matteo se colocó al otro lado de Rose, atrapándola por completo. Su mano enguantada se cerró en su cintura, pegándola a su cuerpo con ruda propiedad.

—Si el cachorro quiere jugar, que aprenda su lugar. —gruñó Matteo, obligando a Rose a inclinar el rostro hacia atrás—Esta noche, devota, vas a aprender lo que significa pertenecer a los tres. —Sentencio Matteo.

—¿Luca? —Llamo Rose viéndose entre los tres hombres, no hay manera de siquiera escapar. Un escozor extraño se instala en ella, y su vientre siente cosquillas que viajan directo a su entrepierna.

Rose miró desesperada a Luca, buscando al joven indefenso que había consolado en el jardín la noche anterior, aquel que también se mostró tan desesperado porque ella no se alejara.

Pero al levantar la vista, vio que Luca la miraba fijamente por encima de los hombros de sus hermanos. Detrás de su fachada sumisa, Luca le sonrió de lado con una superioridad peligrosa, una mirada obsesiva que le prometía que, él estaba listo para devorarla en cuanto los otros dos se descuidaran.

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