Me dispuse a volver y concentrarme en el trabajar, cuando entró Bradox en m idespacho.
—¿Le puedo ayudar en algo, señor? —pregunté con ironía.
—Si desaparecieras seríamos felices los dos, pero te tengo que aguantar —sonrió con la misma ironía que yo había puesto en mi pregunta.
—Tengo que hablar contigo —cerró la puerta y se sentó en una de las sillas que había delante de mi mesa.
—Tú dirás.
—Te necesito mañana por la noche.
—¿ Sí? — interrogué ilucionada.— ¿Vamos a reanudar lo nuestro?.
—N