49. Eres mía
Karla Duarte
Con mi mano aún entrelazada a la de Ciro, abrí la puerta y me separé un poco de él, dándole el espacio para entrar. La sala estaba en silencio, tenue. Pero él no se movió.
—Yo… no puedo… en tu casa —dijo, clavando su mirada en mí, como si cada palabra pesara.
Me giré para verlo. Le apreté la mano con suavidad, como para tranquilizarlo, y sonreí.
—Mis padres no están. Ernesto tampoco. Y Erik… bueno, a él no le importa.
Ciro mordió su labio inferior, como si dudara un instante más. M