38. No debió haber regresado por ella
Karla Duarte
La semana siguiente llegó con el mismo silencio incómodo.
Desde aquel beso, ese maldito beso que aún sentía tatuado en sus labios. Ciro apenas me había dirigido la palabra. Entraba a la oficina con su eterna expresión estoica, daba instrucciones como si estuviera programado para no mirarme y, si alguna vez nuestras miradas se cruzaban, las esquivaba con la destreza de un espía entrenado.
Y yo...
Bueno, yo ya comenzaba a acostumbrarme al eco seco de su indiferencia.
Sentada frente