18. El CEO malo
Ernesto Duarte
Hacía mucho tiempo que no me sentía así de ligero.
De… buen humor.
Y sabía perfectamente la razón.
Esa chica con cara de ángel y carácter escondido.
Me fascinaba. Me desconcertaba.
Me hacía sonreír, incluso cuando no lo intentaba.
Estacioné el auto frente a su edificio justo a las siete. Puntual, como siempre. Y como siempre, ya estaba ahí, esperándome.
Me bajé con paso firme, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no le pertenecía a nadie más que a ella.
—Señorita Sand