Después del almuerzo, Hector estaciona frente a la empresa de su esposa. Antes de que ella baje, la toma por la cintura, atrayéndola suavemente hacia él.
—¿Estás segura de que no quieres hacerte cargo también de mi empresa? —pregunta con una mirada traviesa. —Podría descansar todo el día y esperarte en casa como un buen marido dedicado…
—Oh, no, muchas gracias —responde ella, riendo y anticipando la provocación. —Si con tanto trabajo ya no me das ni un segundo de paz, imagina si pasaras todo el