Por la mañana, David llega a la oficina con los nervios a flor de piel. No durmió bien y, por más que lo intentara, no lograba sacar a Pérsia de la cabeza. Aquella pasante, con su cabello rizado y ojos desafiantes, estaba perturbando su paz.
—¿Persia ya llegó? —Es lo primero que pregunta, en cuanto se encuentra con su secretaria.
—Buenos días, señor Smith. Sí, la señorita Pérsia llegó hace unos minutos —responde con una sonrisa profesional.
Él lanza una mirada rápida hacia el escritorio donde e