Ya pasan de las cinco de la tarde cuando Ava se despierta. Se mueve en la cama, pero no tiene prisa por levantarse. Su mirada recorre la habitación de Hector, deteniéndose por un instante en la lámpara de la mesita, en los cuadros y, por último, en las sábanas aún arrugadas. Se encoge, sintiendo su olor impregnado en su piel y en la almohada.
—Otra vez —murmura, soltando un suspiro resignado. —Me estoy volviendo reincidente.
Sin ánimo, se desliza fuera de la cama y se coloca frente al espejo. E