LXXXI. La captura de Emma
Así en completo silencio sumergida en mis pensamientos y en las múltiples suposiciones que aquello traía de por medio, junto a las inevitables lágrimas que de vez en cuando se escurrían por mis mejillas, escondida dentro de mi recamara la noche llegó trayendo consigo la hora de la cena, la cual para nada fue tan poco agradable, en medio de ella no muy bien me acerque a la mesa se instaló una extraña calma que no era para nada normal.
De Dominieck ni de mi salía la más mínima palabra, en tanto