En un ataque de ira, Chester arrojó su teléfono a los pies de Juliana; la pantalla se rompió con el impacto.
Sin embargo, los registros de las transacciones estaban claros ante los ojos de Juliana: los pagos que ella había enviado a los jugadores.
El rostro de Juliana palideció, inmóvil por el terror.
—¡¿Acaso no viste que la vida de tu hermana estaba en juego?! —la furia de Chester estaba a punto de eclipsar su cordura; sus ojos la perforaban con una ferocidad escalofriante.
Juliana rompió