Nadina
Habían pasado diez días desde el nacimiento de mis hermosas hijas. Ellas me tenían o, más bien, nos tenían felices. Ante todos aparentó una dicha absoluta, pero no era del todo cierto. La situación de Eros, más la de Ivette, ya me habían puesto al tanto de todo lo concerniente. Mi actitud errada le ocasionó desestabilidad a Eros, y en soledad me martirizaba por ello.
Eso sin contar que mi pequeña puede llegar a desarrollar la leucemia. Eso no me ha dejado dormir estos días. No me lo perd