La mañana se extendía sobre París con una serenidad casi engañosa. El cielo lucía despejado, apenas decorado por pequeñas nubes blancas que se desplazaban lentamente impulsadas por una brisa suave. Después de tantos días rodeada por la inmensidad de la selva, el ruido ordenado de la ciudad parecía distinto para Amanda. Mientras el automóvil avanzaba por las elegantes avenidas francesas, ella contemplaba el paisaje a través de la ventanilla sin prestar demasiada atención a los edificios ni al tr