La felicidad tiene una extraña costumbre. A veces llega cuando menos la esperas y, cuando finalmente te permites creer en ella, desaparece sin avisar.
La aldea dormía.
Después de horas de celebración, música y risas, la tribu se había sumergido en el silencio profundo de la madrugada. Las últimas brasas de la gran fogata todavía brillaban débilmente en el centro del poblado, proyectando destellos rojizos sobre la tierra húmeda. El viento recorría los senderos entre las chozas haciendo crujir la