La choza parecía haberse convertido en una prisión. Amanda retrocedió un paso mientras observaba a Eruk. La sonrisa del segundo al mando de la tribu ya no tenía nada de amable. Era la sonrisa de un depredador que finalmente había decidido dejar de ocultar sus intenciones. La tenue luz de las antorchas proyectaba sombras sobre su rostro, haciéndolo parecer todavía más inquietante. Amanda sintió que el corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho, pero se obligó a mantenerse firme. Si mostraba