La noche llegó lentamente sobre la selva.
A diferencia de las ciudades modernas, donde las luces artificiales ahogan el brillo de las estrellas, allí la oscuridad poseía una belleza casi sagrada. El cielo parecía un océano infinito cubierto por miles de puntos luminosos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. La luna iluminaba parcialmente la vegetación, proyectando sombras alargadas entre los árboles centenarios. Sin embargo, aquella noche no pertenecía a la selva.
Aquella noche perte