El mundo giraba.
Helen despertó con un gemido bajo, sintiendo el peso de su propio cuerpo hundirse en el colchón mullido, mientras la cabeza le latía como si una batería de escuela de samba desfilara dentro de su cráneo. Los párpados pesados tardaron en abrirse y, cuando lo hicieron, la luz suave que se filtraba por las rendijas de la cortina pareció un ataque directo contra su supervivencia.
Frunció el ceño, gimió y volvió a encogerse.
Todo era una neblina. Estaba acostada en una cama enorme,