El silencio de mi despacho era una bendición y una maldición. La ciudad palpitaba del otro lado del cristal, pero aquí dentro todo parecía contenido, tenso, sofocado… exactamente como me sentía yo. Me senté en la silla de cuero, apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos por un minuto.
Helen…
Su imagen seguía grabada en mi retina: su cuerpo esbelto desnudo entre mis sábanas, el cabello revuelto, los labios entreabiertos, la pierna estirada de manera inconsciente, provocadora como el infier