El reloj marcaba las 21:58 cuando Ethan y James estacionaron el coche frente al antiguo galpón de la zona industrial. El lugar era un cementerio de concreto y óxido, olvidado por los años, con carteles caídos, ventanas rotas y una sensación de abandono que erizaba la piel.
El viento frío cortaba el aire, y el silencio alrededor parecía ensordecedor. Ambos bajaron del coche en silencio, vestidos con ropa oscura. Ethan llevaba en la mirada la furia silenciosa de un hombre que ya había perdido dem