El sol ya atravesaba las cortinas entreabiertas de la UCI cuando Ethan Carter parpadeó por primera vez. La habitación estaba silenciosa, excepto por el pitido rítmico de los monitores, que parecía mezclarse con los latidos frágiles de su propio corazón. Helen, sentada a su lado, sostenía su mano con tanta fuerza que parecía intentar anclarla al mundo de los vivos. Cuando sintió el leve apretón de sus dedos, Helen levantó la cabeza sobresaltada.
—¿Ethan? —lo llamó, con la voz temblando entre la