Mundo ficciónIniciar sesiónLa iglesia estaba impecable, un verdadero escenario de ensueño. Imponentes lámparas derramaban su luz dorada sobre el altar, donde flores blancas decoraban cada rincón, simbolizando pureza y renacimiento. El sonido delicado de los violines llenaba el ambiente, creando la atmósfera perfecta para una boda digna de los cuentos de hadas.
Pero para Helen, aquello era una prueba. Un desafío que estaba dispuesta a enfrentar. No huiría, no se lamentaría. Le demostraría a Ethan que estaba equivocado. Cada paso sobre la alfombra roja era firme. No la movía el miedo, sino la convicción. La certeza de que estaba allí por elección propia, de que amaba a Ethan y no se dejaría intimidar por su frialdad.
El brazo firme de su padre la condujo hacia el altar. Ella se aferró a él, no para apoyarse, sino para mantener un control absoluto sobre sí misma. Y entonces, allí estaba: Ethan Carter. Impecable. Inalcanzable. Indiferente.
El traje negro de corte perfecto delineaba su cuerpo con una elegancia casi cruel. La corbata gris contrastaba con el blanco de la camisa, y el cabello rubio estaba peinado con meticulosidad, aunque algunos mechones rebeldes caían sobre su frente, dándole un aire casual y peligrosamente encantador.
Helen respiró hondo. Él parecía intocable, tan frío. Pero ella sabía que detrás de aquella máscara había alguien por quien valía la pena luchar, y estaba dispuesta a hacerlo. Cuando por fin llegó al altar, Ethan le ofreció la mano. Su contacto era cálido, pero vacío.
Los ojos de Helen no se apartaron de los suyos. Buscaban algún rastro de vulnerabilidad, alguna chispa de esperanza de que quizá él pudiera cambiar. Pero no encontró nada. La ceremonia siguió su curso. Se pronunciaron palabras, se intercambiaron votos. Todo perfecto para los invitados, para las cámaras que registraban cada instante.
Pero para Helen, aquello no era solo un contrato. Era su oportunidad. Su única oportunidad de demostrarle a Ethan que estaba equivocado acerca de ella.
—Sí —dijo con firmeza, sin vacilar.
Ethan la observó con el rostro controlado, con los ojos fríos y calculadores. Ella sentía que él esperaba verla quebrarse, mostrarse frágil y derrotada. Pero Helen no lo haría. Cuando él se inclinó para besarla, sus labios fueron fríos, desprovistos de emoción. Y aun así, Helen no se dejó abatir. Sabía que aquello era solo el comienzo.
***
La recepción fue lujosa y espléndida. Todo estaba meticulosamente planeado para transmitir poder y elegancia. Helen saludaba a los invitados con una sonrisa genuina, decidida a demostrarle a todos —y especialmente a Ethan— que era capaz de enfrentar cualquier cosa.
Amélia Carter, su suegra, y Zoe Carter, su cuñada, fueron las únicas que le ofrecieron un consuelo sincero.
—Estás preciosa, querida —dijo Amélia, tomando sus manos con afecto.
—Bienvenida oficialmente a la familia, cuñada —bromeó Zoe, guiñando un ojo.
Helen les devolvió la sonrisa, sintiendo cómo su determinación se fortalecía. Tal vez estuviera sola en todo aquello, pero no le importaba. Observó a Ethan mientras saludaba a los invitados. De vez en cuando, su mirada se posaba en ella con desprecio. Helen sabía que él estaba convencido de que era un juego. Que ella había manipulado la situación para obtener lo que quería.
Pero él no entendía. No sabía que lo único que Helen deseaba era verlo feliz. Y si para eso debía pasar por todo aquello, entonces lo haría.
***
En el coche, camino al aeropuerto, el silencio era horrible. Helen miraba por la ventana, observando la ciudad iluminada. Su mente trabajaba sin descanso, buscando la manera de llegar al corazón de Ethan.
—Fue una locura, ¿no crees? —murmuró, manteniendo un tono casual.
Ethan no apartó la vista de la carretera, los ojos fríos.
—Sí.
Nada más. Ni una pizca de interés o afecto. Pero Helen no se dejaría intimidar.
Respiró hondo y dijo:
—Sé que piensas que hice esto por interés, Ethan. Pero no fue así. Todo lo que quiero es que tengas lo que mereces. Que consigas lo que siempre soñaste.
Él soltó una risa amarga, vacía.
—¿Ah, sí? ¿Y quieres creer que todo esto fue un acto altruista? ¿Que solo buscas mi bienestar?
—Puedes creer lo que quieras. Pero no voy a rendirme —Helen lo miró con firmeza—. Crees que me conoces. Crees que soy una chica mimada y egoísta que solo piensa en sí misma. Pero estás equivocado, y te lo demostraré.
Ethan volvió a apartar la mirada, como si nada de eso tuviera importancia. Pero Helen notó cómo apretaba el volante con más fuerza. No lo admitiría fácilmente, pero sus palabras lo habían afectado.
Cuando llegaron al aeropuerto, Helen bajó del coche con la misma determinación con la que había entrado. Sabía que no sería fácil. Sabía que tendría que enfrentar cada día la frialdad y el desprecio de Ethan. Pero lo haría por él. Porque lo amaba de verdad. Y, sobre todo, porque creía que podía salvarlo de su propia oscuridad.
Y si él quería guerra, entonces guerra tendría.
El avión privado de la familia Carter volaba suavemente sobre las nubes mientras Helen permanecía en silencio, observando el paisaje exterior. El sonido constante de los motores y el lujo del entorno no significaban nada. Su mente estaba completamente centrada en una sola persona: Ethan.
Él estaba sentado en el asiento opuesto, con una tableta entre las manos y la mirada fija en la pantalla. Desde el despegue, no había intercambiado una sola palabra con ella. La mandíbula tensa y los dedos apretando el dispositivo revelaban que prefería estar en cualquier otro lugar.
Helen suspiró, negándose a ceder al miedo. Si Ethan creía que ella se rendiría con facilidad, no la conocía en absoluto.
—¿Planeas ignorar a tu esposa durante todo el viaje? —preguntó Helen, con la voz serena, pero firme.
Él no apartó la vista de la tableta, aunque su mandíbula se tensó aún más.
—Si esperas que actúe como si este matrimonio fuera real, estás engañándote.
—¿Y qué sería actuar como si fuera real? ¿Fingir que me odias todo el tiempo? —replicó ella, cruzándose de brazos.
Esta vez, él la miró, con los ojos azules brillando entre irritación y sorpresa.
—No necesito fingir nada, Helen. Me atrapaste en un acuerdo ridículo y crees que voy a aceptarlo y sonreírte.
Ella se inclinó hacia adelante, sosteniendo su mirada.
—No quiero que aceptes nada que no desees, Ethan. Solo quiero que entiendas que no soy tu enemiga. Nunca fui.
Él soltó una risa breve y amarga.
—Claro. Porque aceptar este contrato fue un gesto altruista, ¿verdad?
—Fue lo correcto —respondió Helen con calma—. Por el bien de nuestras familias. Pero, sobre todo, por ti.
La expresión de Ethan se endureció.
—¿Por mí? Eso es patético, Helen. ¿De verdad crees que voy a creer que todo este sacrificio fue por mí?
—No me importa lo que creas —respondió ella sin titubear—. Pero la verdad es que me importas, aunque me odies por ello.
Los ojos de Ethan se entrecerraron, pero no respondió. Volvió a fijar la vista en la tableta, ignorándola por completo.
Helen no se dejó abatir. Sabía que conquistar a Ethan sería como escalar una montaña escarpada, pero estaba preparada para enfrentar cada obstáculo.







