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Capítulo 01 – El contrato de un amor silencioso

Siete meses antes…

El teléfono de Helen sonó a primera hora de la mañana, rompiendo el silencio sereno de su departamento. Su voz suave atendió la llamada, pero el tono firme y urgente de su padre al otro lado de la línea la puso en alerta.

—Helen, necesito que vengas a la empresa. Es urgente.

Conocía bien aquella voz fría y autoritaria, pero lo que la distinguía de todos los demás era su capacidad de enfrentar a su padre sin agachar la cabeza. Siempre lo hacía con elegancia y gentileza, porque esa era su esencia: una mujer dulce, generosa, pero fuerte.

Se vistió con un conjunto elegante y sencillo, compuesto por una delicada blusa color crema y una falda lápiz que delineaba su cuerpo con sutileza. El cabello dorado y ondulado caía libremente sobre sus hombros, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de aprensión y determinación. Helen era la mujer que siempre sonreía a los demás, que siempre buscaba lo mejor en las personas, incluso cuando el mundo parecía derrumbarse a su alrededor.

Mientras caminaba hacia el edificio de vidrio donde trabajaba su padre, sintió que el corazón se aceleraba al distinguir a un hombre familiar a lo lejos.

Ethan Carter.

Estaba allí, cerca de la entrada, conversando con Liam, su mejor amigo y cuñado. Ambos reían de algún chiste, pero fue la sonrisa de Ethan la que captó toda su atención.

El traje oscuro se ajustaba a la perfección a su cuerpo fuerte; la corbata color burdeos contrastaba con la camisa blanca inmaculada. Su cabello rubio estaba peinado con esmero, aunque algunos mechones caían suavemente sobre la frente, dándole un aire encantador y ligeramente indomable.

Ethan siempre había sido así. Un hombre capaz de dominar cualquier situación con su presencia arrolladora. Las personas gravitaban a su alrededor de forma natural, fascinadas por aquel poder silencioso y cautivador. Aunque todos lo admiran, Helen veía más allá. Ella conocía al hombre gentil que él era… o al menos, al hombre que creía que podía llegar a ser.

Su corazón se encogió al verlo sonreír. Era una sonrisa rara, auténtica, aquella que ella siempre había deseado provocar. Ethan era el hombre que Helen había amado desde siempre, aun sabiendo que, para él, ella nunca había sido más que una sombra invisible.

Perdida en sus pensamientos, Helen se detuvo por un instante, permitiéndose simplemente observar. Era hermoso, sin duda. Había algo más. Una intensidad oculta, una herida profunda que escondía bajo aquella fachada fría e inalcanzable.

Ella lo amaba, aun sin haber sido jamás correspondida. Aun sin esperanza. Porque Helen Bennet era así: una mujer capaz de amar sin esperar nada a cambio. Una mujer capaz de perdonar, de ofrecer ternura en un mundo cruel.

De pronto, la mirada de Liam se cruzó con la suya. Sus ojos la analizaron durante un breve instante antes de saludarla con una sonrisa amistosa. El pánico la golpeó de lleno y, como un reflejo inmediato, desvió la mirada y apresuró el paso, entrando rápidamente al edificio.

Dentro del ascensor, se apoyó contra la pared, intentando controlar la respiración agitada.

—Dios mío… no me vio —murmuró para sí misma, aliviada y decepcionada al mismo tiempo.

Helen odiaba lo vulnerable que se volvía cerca de él. Odiaba el hecho de que, incluso después de tantos años, él aún lograra hacerle latir el corazón de forma desordenada. Pero, sobre todo, odiaba saber que ese sentimiento nunca fue, y probablemente nunca sería, recíproco.

El ascensor llegó al piso deseado y ella respiró hondo, enderezando la postura y calmando sus pensamientos. Cuando caminó hacia el despacho de su padre, Cristina, la secretaria, la saludó con una sonrisa amable.

—Señorita Bennet, ¿cómo está?

—Estoy bien, Cristina. Muchas gracias. ¿Mi padre está solo?

—Ya no. Está esperándote. Puede pasar.

Helen agradeció y respiró profundamente antes de girar el picaporte. Al entrar, su sonrisa suave se desmoronó al ver quién estaba sentado junto a su padre.

—Buenos días, papá. Buenos días, señor Carter.

Richard Carter, el padre de Ethan, la observaba con la misma mirada dura y calculadora de siempre.

—Buenos días, hija mía —dijo su padre, sonriendo—. Siéntate, querida. Tenemos algo importante que discutir.

Helen obedeció, aunque todo su cuerpo permanecía tenso.

—Helen —comenzó su padre, con una voz medida, como si recitara un discurso ensayado—. Sabes que las empresas Carter y Bennet mantienen una alianza comercial desde hace muchos años. Pero en este momento nos encontramos en un punto crucial para el futuro de esa sociedad.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Richard Carter se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Ethan necesita convertirse en el presidente de Carter Enterprises. Para que eso suceda, la familia debe tener el control absoluto de las acciones, garantizando la estabilidad de la empresa.

El estómago de Helen se revolvió.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Necesitamos consolidar esta alianza de una manera más eficaz —dijo su padre, con un tono pesaroso—. La única forma de garantizar esa estabilidad es a través de un matrimonio.

El aire parecía desaparecer de sus pulmones.

—¿Un matrimonio? — No podía creer. 

—Sí —confirmó Richard con frialdad—. Un contrato matrimonial de tres años. Eso garantizará la seguridad de la empresa y le dará a Ethan el poder necesario para convertirse en el CEO.

El corazón de Helen se contrajo. Ethan jamás la perdonaría por aquello. Odiaría esa imposición. Pero, al mismo tiempo… ella podría, por fin, estar a su lado.

—¿Y Ethan… él aceptó? —su voz fue apenas un susurro.

Richard Carter esbozó una sonrisa cruel.

—No tendrá opción.

Helen bajó la mirada. Su mente luchaba entre la razón y el deseo desesperado que sentía por aquel hombre. Ethan podría odiarla, pero ella estaba dispuesta a arriesgarlo todo.

—Acepto —dijo finalmente—. Si esto va a ayudarlo a conseguir lo que siempre soñó, acepto.

Pero, en el fondo, Helen sabía que su decisión no tenía nada que ver con contratos. Era por el hombre que amaba. Y por la esperanza ingenua de que, algún día, él pudiera llegar a amarla también.

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