24.
El terror de que Alexander me hubiese reconocido me atrapó por la garganta como un insecto espinoso y amargo. Sentí el impulso de dar la vuelta y salir corriendo ahora que lo tenía frente a mí. A pesar de que habían pasado tantos años, seguía siendo tan él: con el gesto apretado, con su mirada que parecía perforar todo a su alrededor. No se sabía cuál de los dos estaba más paralizado en su sitio.
**¿Me reconoció?**, pensé. Nicolás me había reconocido. Tenía que salir de ahí, tenía que salir de