116.

Observé la escena, devastada, con el corazón hecho pedazos. Perdí la fuerza que tenía en las rodillas y caí sentada en el mueble de la sala de espera del hospital. Pude ver cómo las mejillas de Nicolás se hicieron muy pálidas.

— No puede ser — dijo, confundido, asustado.

Yo igual sentía que el mundo me daba vueltas. La cabeza, presa de una fuerte presión, y mis oídos zumbaban. La madre de Nicolás seguía ahí, observándonos desde arriba con gesto de superioridad. Y sí, tuve el impulso de ponerm
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