Capítulo 60. Rumbo al Abismo: Alejandro.
Cada kilómetro que recorríamos en esa furgoneta prestada era una pulsación más en mi pecho, un tambor incesante que gritaba su nombre: Valentina.
Camilo conducía con precisión quirúrgica, su mirada fija en el GPS alterno que nos guiaba por las coordenadas que uno de sus contactos había confirmado. Una antigua fábrica abandonada al sur de París, fuera del radar de la policía, fuera del ruido turístico. El escondite perfecto para alguien como Juan José.
—¿Cuánto falta? —pregunté por tercera vez.